Cada vez que camino por José C. Paz pienso lo mismo: acá nada tiene consecuencias. El que tira la basura en la esquina, el que rompe una luminaria, el que pinta una pared ajena, el que conecta la cloaca a la zanja, el que arrebata un celular en la parada del colectivo. Y también el funcionario que no hace lo que le toca. Nadie paga nada. Y cuando nadie paga nada, todo se degrada de a poco, hasta que un día miramos alrededor y no entendemos en qué momento llegamos a esto.
En 1982, James Q. Wilson y George Kelling publicaron en la revista The Atlantic un artículo que se volvió famoso: «Broken Windows», ventanas rotas. La idea es simple. Si en un edificio hay una ventana rota y nadie la arregla, pronto van a romper las demás. Los vecinos no son peores que en otro lado; pasa que la ventana rota manda un mensaje: acá nadie cuida, nadie controla, se puede. El desorden chico invita al desorden grande.
La teoría tiene sus críticos, y vale contarlo. En Nueva York se usó para justificar la «tolerancia cero», con detenciones masivas por cualquier cosa. Una revisión de casi sesenta estudios publicada en 2024 en la revista Criminology & Public Policy encontró resultados mixtos para esa mano dura indiscriminada, con costos altos. Lo que sí muestra resultados es atender el desorden concreto de cada lugar: limpiar, reparar, iluminar, resolver lo puntual del barrio. Arreglar la ventana, literalmente. Y eso es justo lo que en José C. Paz no pasa.

Alcanza con salir a la calle. En buena parte del distrito el camión de la basura pasa una vez por semana, a veces ni eso. Las bolsas se acumulan, los perros las rompen, la lluvia las arrastra. En ese hueco aparecen los carreros: gente sin trabajo estable que pasa con un carro, cobra unos pesos por llevarse la basura de las casas y la descarga en una avenida, en un baldío o al costado de una laguna, o de lo que solía serlo. Es fácil enojarse con ellos, pero llegaron después de que la basura empezó a quedarse en la vereda. Si el servicio funcionara, nadie tendría que pagarle a otro para que se lleve la bolsa. El microbasural no lo inventó el carrero. Lo hizo posible un municipio que no recolecta y que tampoco controla adónde va a parar lo que no recolecta.
Con el agua pasa algo parecido. Según el Censo 2022 del INDEC, apenas el 8,2 % de los hogares de José C. Paz tiene cloacas y solo el 15 % tiene agua de red. Con esos números no sorprende que haya vecinos que conectan sus desagües directo a la zanja. Lo que sorprende es que nadie lo controle, nadie lo sancione y nadie construya la alternativa. El resultado se ve después de cada lluvia: calles llenas de barro, agua estancada, mugre que vuelve a la puerta de las casas. Sumale paredes pintadas, luminarias rotas y plazas abandonadas. Ventanas rotas por todos lados.

La inseguridad sigue la misma lógica. No hay a la vista una red de cámaras que permita seguir un hecho, ni una política de prevención que se note en la calle. La patrulla urbana, que debería ser la presencia del municipio en los barrios, en la práctica no cumple esa función. El que arrebata sabe que es difícil que lo agarren, y que si lo agarran probablemente esté afuera esa misma noche.
Quise respaldar esta columna con números oficiales y me encontré con el problema de fondo: casi no hay. El sitio municipiosargentinos.net arma un índice de los 135 municipios bonaerenses con datos públicos de transparencia, servicios, seguridad y control. José C. Paz está último: 17,3 puntos sobre 100. En transparencia, el rubro que más pesa, saca 5 sobre 100. El municipio ni siquiera declara cuántos empleados tiene. Un distrito de casi 327.000 habitantes que no informa cuántas personas trabajan para él no le está rindiendo cuentas a nadie.
Esa es la otra cara de la falta de consecuencias. Mario Ishii conduce José C. Paz desde 1999, con algunas interrupciones. Desde diciembre de 2025 es senador bonaerense con licencia en la intendencia, y el municipio quedó a cargo de la intendenta interina Lorena Espina. Cambian los nombres en el despacho, pero la basura sigue en la esquina y las cuentas siguen sin publicarse. Si nada de eso tiene costo para quienes gobiernan, el mensaje es el mismo que el de la ventana rota: se puede.
Tampoco se trata de mano dura indiscriminada ni de llenar las cárceles. Lo que pido es que cada hecho, por chico que sea, tenga una respuesta proporcional y rápida.
Hace poco me contaron el caso de un colegio de Neuquén. De acuerdo con los padres, a un alumno que faltaba el respeto todo el tiempo y dañaba el edificio le hicieron reparar lo que había roto: pintar, arreglar, devolverle a la escuela lo que le había sacado. No hubo escándalo ni expulsión. Hubo una consecuencia que cualquiera entiende. Esa lógica debería valer para todos. El que rompe, arregla, y si no tiene plata pone horas de trabajo. El que vuelca basura en la calle la levanta y además limpia la cuadra. El que conecta la cloaca a la zanja la desconecta.
Para los delitos menores, la provincia de Buenos Aires ya tiene una herramienta: el procedimiento de flagrancia de la ley 13.811, pensado para que los casos en los que alguien es sorprendido en el momento se resuelvan rápido y sin años de expediente. El que es agarrado robando, aunque sea algo chico, tiene que pasar por una audiencia rápida, recibir una sanción concreta (trabajo comunitario, reparación del daño, unos días de arresto cuando corresponda) y quedar con un antecedente. Más que una pena dura, lo que frena al próximo es saber que la sanción llega.

Y el mismo criterio tiene que llegar a la política. Si un municipio no recolecta la basura, no publica sus cuentas o no mantiene el espacio público, tiene que pagar un costo: metas de servicio medibles y públicas, observaciones del Tribunal de Cuentas que se cumplan en lugar de archivarse, un Concejo Deliberante que pida explicaciones y vecinos que voten con esos datos en la mano.

Ninguna ciudad cambia de un día para el otro. Pero tampoco se arruina de golpe: se arruina una bolsa de basura, una pared pintada y un arrebato impune por vez. Si se arruina de a poco, se puede arreglar de a poco. Empezando por la primera ventana rota.
FREE MEDIA ARGENTINA · EDICIÓN N.º 15 · 15/10/2026

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